Por Emilio Marín. Primarias para las presidenciales 2016 en Estados Unidos. En Iowa se largó maratón bipartidista que culminará en noviembre. El 1 de febrero comenzó la interna del sistema bipartidista estadounidense, con doce candidatos republicanos y tres demócratas. Ya hubo tres deserciones. En julio serán las convenciones partidarias y la elección en noviembre.

Dicen que las elecciones norteamericanas son las más largas del mundo. Y debe ser cierto nomás, pues a fines de 2015 hubo intensas gestiones de los aparatos partidarios para presentar precandidatos y reunir apoyos parlamentarios, mediáticos y, sobre todo, fondos millonarios. Formalmente la carrera comenzó este lunes en Iowa, estado del Medio Oeste, zona maicera que desde hace décadas marca el inicio de la competencia de los dos partidos.

La auto proclamada mayor democracia del mundo tiene dos partidos que se alternan en el gobierno; el poder descansa sobre todo en Wall Street y no tanto en la Casa Blanca. Hay por supuesto otros partidos, algunos de izquierda, pero son marginales en la ancha avenida de demócratas y republicanos tras años de fumigación y maccartismo para exterminar ideas revolucionarias, comunismo, Panteras Negras, etc.

El martes 9 las primarias seguirán en New Hampshire y el 1° de marzo en 12 estados -incluidos Texas, Virginia y Colorado- en lo que se da en llamar Súper Martes. Y así hasta julio, cuando la convención republicana proclamará en Cleveland y la demócrata en Filadelfia a sus fórmulas presidenciales. O sea que habrá más de cinco meses de internas y luego, ya con los candidatos definidos, otros cuatro meses de campaña propiamente dicha. Con eso, más los prolegómenos del 2015, las elecciones insumirán más de un año.

Esas campañas demandan mucho dinero. No hay candidatos pobres ni campañas con ese estigma porque así no se puede competir. En todo caso varía la forma y la calidad de los donantes, pero los gastos son varias veces millonarios. Esta vez se gastarán más de 4.000 millones de dólares, suma que podría tener destinos mejores, teniendo en cuenta el nivel de pobreza del 15 por ciento de la población, o sea más de 47 millones de personas.

Al final del recorrido, que incluirá algunos debates entre los presidenciales, se votará el 8 de noviembre, sin voto obligatorio y con un ausentismo del 40 por ciento de las personas en condiciones de votar (sin contar los 11 millones de extranjeros indocumentados). Y el ganador jurará el cargo el 2 de enero de 2017, para irse feliz al Salón Oval de la famosa casa en avenida Pensilvania al 1600, Washington. Los demás, incluso los de su mismo partido, comenzarán a serrucharle el piso para ir ascendiendo peldaños y tratar de llegar en el próximo turno, como muy bien ilustró la serie televisiva House of Cards.

Primeros resultados

En el puntapié inicial de Iowa estuvieron doce candidatos republicanos y tres demócratas tratando de juntar la mayor cantidad de votos y delegados a las convenciones de julio. El sistema es de elección indirecta: los votantes eligen delegados y éstos a la postre votan a los candidatos. Incluso en los demócratas esa elección tiene un factor más distorsionante pues si bien la mayoría son delegados electos hay también un equis número de “súper delegados” o directivos partidarios que van con voz y voto a la convención, sin el compromiso de votar por uno u otro. Beneficios del aparato…

Si el análisis comenzara por los perdedores, habría que decir que del estado maicero quedaron como choclo sin grano un candidato demócrata y dos republicanos, que abandonaron por el escaso caudal de votos.

El día siguiente de la votación se bajaron el republicano Mike Huckabee y el demócrata Martin O’Malley. Al día siguiente también abandonó el senador republicano por Kentucky, Ron Paul.

Quedaron diez anotados en el bando republicano, aunque solamente tres tienen reales chances: el senador Ted Cruz, de Texas, que triunfó en Iowa; el multimillonario xenófobo Donald Trump, humillado y en el segundo lugar; y el senador por Florida, Marco Rubio, que arrimó en una expectante tercera ubicación. Los otros siete no parecen en condiciones de seguir mucho más en cancha, incluso algunos que inicialmente creían poder ganar el partido, como Jeb Bush, el ex gobernador de Florida.

Y en el campo demócrata la temprana deserción de O’Malley clarificó el panorama; siguen en carrera la favorita, Hillary Clinton, y su desafiante Bernie Sanders, senador por Vermont. El primer test electoral arrojó un empate técnico por que la ex secretaria de Estado pudo contabilizar 23 delegados y su oponente 21, pues dos décimas de punto fue la diferencia en votos. Incluso esa luz pudo ser menor si en cinco caucus o asambleas, que habían terminado empatadas, el revoleo de una moneda para desempatar hubiera favorecido a Sanders. No fue así y Hillary y la mayoría del aparato respiraron con cierto alivio. De todos modos la pelea interna no está para nada definida.

Al igual que en Argentina y otros procesos electorales, también en el Norte hubo serias pifias de las encuestas. Trump aparecía hasta días antes del comicio ganando por cinco puntos a Cruz, pero a la hora de la verdad quedó cuatro puntos abajo. La diferencia de Clinton sobre Sanders era de varios puntos pero la pulseada finalizó en un empate de 48.8 por ciento versus 48.6.

Derecha brutal y derecha “civilizada”

Yendo al contenido político de las campañas, surge que hay un corrimiento tremendo hacia la derecha del espectro, sobre todo en el campamento republicano.

El ganador, Cruz, pertenece al Tea Party, la fracción más reaccionaria y beligerante de la oposición a Barack Obama. El senador se apoya en las corrientes evangelistas más fanáticas y quiere expulsar a los inmigrantes, se opone al aborto terapéutico (no digamos al derecho de las mujeres al aborto legal), quiere achicar el gasto público y está en contra de ciertos giros menos militaristas respecto a Irán, de mitigar el bloqueo a Cuba, etc.

Quien salió segundo, Trump, es otro energúmeno filo-fascista, por su tratamiento de la cuestión de inmigración, sobre todo latina; en la temática de la mujer, etc. Incluso llegó a boicotear uno de los debates de los aspirantes organizado por Fox por su su enfrentamiento machista con la conductora Megy Kelly, a la que había acusado de estar con la menstruación por una discusión en un debate anterior.

El tercero, Rubio, es un descendiente de cubanos como Cruz y viene bloqueando la normalización de relaciones con La Habana junto con los lobbies de la gusanería de Miami. Cómo estará de corrido el espectro hacia la derecha que los medios consideran que Rubio sería una suerte de moderado que puede recuperar posiciones. Es que el aparato partidario es conciente de que Cruz o Trump, dos ultra derechistas, pueden ser derrotados en noviembre.

Esa parte sensata de los republicanos tomó nota de que incluso periódicos que no se caracterizan por su progresismo, como The Washington Post, publicaron editoriales contra las brutalidades de Trump. The New York Times, por su parte, editorializó a favor de la candidatura de Hillary Clinton, pontificando sobre “uno de los candidatos presidenciales más profundamente calificados de la historia moderna”.

El cronista rescata ese aspecto de los medios estadounidenses: explican por qué apoyan a uno u otro candidato. Es preferible eso y no las campañas que se ven en Argentina donde Clarín se jugó por Mauricio Macri, pero mintiendo sobre su equidistancia.

Mejor Bernie

El senador Sanders le hizo una gran pelea a Clinton en este primer round y posiblemente lo haga aún mejor en New Hampshire. Luego no se sabe. Lo del senador es muy valorable en cuanto a votos de Iowa, pero lo suyo sobresale por contenido de su campaña y los modos de financiarse.

La suya ha sido la única voz entre el bipartidismo que ha planteado una “revolución política”, no ha dudado en autodefinirse como socialista o socialdemócrata y cuestionado a la dependencia de otros candidatos, Hillary incluida, a las órdenes de Wall Street.

Sanders propuso impuestos a las grandes fortunas para financiar la enseñanza gratuita universitaria y la salud pública. Esas demandas son revolucionarias para una sociedad conservadora y mercantilista, desigual, como la norteamericana. A la larga puede determinar que el establishment empresarial y mediático ahogue al autor de esas iniciativas. Por ahora este político nada perfectamente bien, sobre todo en aguas de franjas etáreas más jóvenes, cautivadas por sus consignas políticas que contactan con las demandas de “Occupy Wall Street” (a su rival la votan personas de 60 o más años).

Lejos de amilanarse por las críticas del grupo dominante que aspira a la coronación de Hillary, el senador por Vermont ha denunciado la financiación que aquella recibió de las corporaciones. Esos aportistas de Wall Street donaron a la ex secretaria de Estado 15 millones de dólares; la mitad provino del inversor George Soros.

Sanders, en cambio, se ufana de haber reunido en enero pasado 20 millones de dólares de aportistas individuales de a 30 dólares y sumas pequeñas. La lógica indica que en algún momento su candidatura se podría caer. Sería una pena no sólo para un sector de la población norteamericana sino también de nuestra América porque por lo visto hasta ahora Sanders es el único elemento positivo en carrera. Lo demás son de la ultraderecha o derecha que incendiaron el mundo en el siglo XX y el actual.

Fuente ContraInfo