Nunca será suficientemente destacada la importancia que tuvo para el desenvolvimiento económico y social del país el modo en el que el kirchnerismo encaró el problema de la deuda externa defolteada en el 2001, tras la abrupta salida de la convertibilidad.

Por lo que la deuda había pesado desde siempre (con la sola excepción del primer peronismo) sobre la economía, como una espada de Damocles que condicionaba el crecimiento y el desarrollo del país; los canjes y reestructuraciones del 2005 y el 2010 (en especial el primero) dieron un horizonte de certidumbre, y permitieron liberar recursos del Estado para destinarlos a otras cosas como educación, seguridad social, ciencia y técnica, obra pública; solventando así el despegue y mayores niveles de equidad social.

Otro tanto puede decirse de la estratégica decisión de haber cancelado en el 2005 toda la deuda con el FMI, eliminando su perniciosa influencia en el diseño de las políticas económicas como tradicionalmente había sido, con los nefastos resultados por todos conocidos: acá en Página 12 de ayer David Cufré trazaba una muy ajustada reseña de las principales medidas que se tomaron entre en el 2003 y el 2015, que no hubieran sido posible con la tutela de la ortodoxia del Fondo.

Pero también hemos dicho muchas veces que se puede percibir muy fácilmente hablando con gente común, que el kirchnerismo no supo capitalizar políticamente su política de desendeudamiento: mucha gente que ha disfrutado de los beneficios del crecimiento del país desde el 2003 (ese crecimiento que ahora está amenazado por las políticas de Macri) no tiene plena conciencia de que fue posible (como condición previa y necesaria) por el modo en el que se encaró el problema de la deuda externa; y la relación con el FMI.

Así como no hay una percepción generalizada de la originalidad de los canjes del 2005 y 2010 (en tanto por primera vez se negociaba desde una posición de defensa del interés nacional, obteniéndose considerables quitas, esperas y reducciones de los intereses), no siempre se cae en cuenta de que el kirchnerismo se pasó los 12 años de gestión pagando deudas contraídas por otros gobiernos.

Es posible que al déficit de las políticas comunicacionales de los gobiernos de Néstor y Cristina que ya es conocido, haya que sumarle ciertos condicionamientos culturales de nuestra sociedad; porque existe un registro de memoria histórica colectiva de estar siempre endeudados (lo que termina naturalizando la deuda como algo normal e inevitable); e incluso sin llegar a los niveles de endeudamiento privado de -por ejemplo- Estados Unidos, los argentinos están acostumbrados a endeudarse para llegar a fin de mes en épocas de malaria, y para darse ciertos “gustitos” cuando hay algo más de resto: el caso típico del consumo financiado con tarjeta de crédito, sin ir más lejos.

El mismo episodio del defáult aplaudido en el Congreso -producido en el medio de los cacerolazos contra los bancos que se afanaron los ahorros atrapados en el “corralón”- sentó una especie de atmósfera social infantilista, de suponer que la deuda se borraba de un plumazo, y había que olvidarse de ella para siempre; a lo que hay que sumar que todos somos un poco afectos a trosquearla un rato, planteando desde la mesa de café que haríamos con la plata que se destinaba siempre al pago de los vencimientos de la deuda externa. 

Lo cierto es que el kirchnerismo hizo en buena medida eso (priorizar otros gastos más urgentes) mientras pagaba religiosamente la deuda; incluso a riesgo de afectar algunos de los pilares del modelo, como cuando se empezaron a cancelar los vencimientos con las reservas del Banco Central.

Aun así, esa estrategia cuestionada por los opositores (recordemos el culebrón de Redrado) significaba cambiar deuda en dólares con acreedores externos privados por deuda intra Estado con bajísima tasa de interés, algo que echaremos de menos cuando arranque el inminente Megacanje II, por el cual se entregan los títulos del Tesoro al Central, a la banca privada extranjera por préstamos más interés, y quita del capital efectivamente prestado.

Algo parecido pasó con la percepción social del culebrón buitre: no fue sino hasta que Griesa y Paul Singer se pasaron de guasos que muchos que no eran oficialistas simpatizaron con la postura del gobierno de Cristina, pero aun entonces y hoy, la mayoría ni siquiera tiene claro que el diferendo es por deuda vieja, que no generó el kirchnerismo.

Cuestión que ha posibilitado que Macri (que en campaña había tenido que recalibrar su discurso desde el famoso “hay que ir a sentarse con Griesa y lo que él diga, eso hacer”) hoy puede avanzar a paso acelerado en un nuevo endeudamiento del país con el “Megacanje” del que hablábamos acá; en volver a aceptar las revisiones periódicas del FMI (y eventualmente pedirle plata de nuevo), y en claudicar por completo ante el planteo buitre, sin pagar mayores costos políticos.

Por el contrario, Prat Gay (copartícipe principal del endeudamiento que explotó en el 2001, dando la ventana de oportunidad a los Paul Singer del mundo para hacer pingües negocios) se da el lujo de achacarle el reclamo buitre a la “pesada herencia recibida” y la “basura que hay que limpiar”; poniendo su resolución rápida y a como de lugar (o sea: accediendo al 80 % por lo menos del monto reclamado con sus intereses) como un pre-requisito indispensable para que el país vuelva a crecer, cuando la experiencia histórica indica exactamente lo contrario: endeudarnos no nos hace crecer, sino que nos mantiene postrados. 

También es cierto que esta especie de “consenso social pasivo” para re-endeudarnos tiene que ver con que perdura en muchos argentinos la ficción “primermundista” de la convertibilidad; sustentada precisamente en los altos niveles de endeudamiento.

Seducidos por la posibilidad de acceder a comprar sin restricciones una partecita de esos dólares que -prometen- vendrán al país, vuelven a pisar el palito adhiriendo a una política de endeudamiento que (como siempre) está pensada básicamente para financiar la fuga de capitales; creando las condiciones para un nuevo estallido de la burbuja como en el 2001.

Fuente NestorNautas