Cuando el Diez era “Pelusa”, Argentinos Juniors le regaló una vivienda por su primer contrato profesional. Vivió allí entre 1978 y 1980. El lugar, que pasó de mano en mano y se llenó de hipotecas, fue recuperado y puesto en valor.

Antes del retiro dorado en Medio Oriente, la pelota inmaculada, el tobillo destrozado, la gloria azteca, la estampa napolitana y la idolatría boquense, hubo un Maradona de barrio. Un crack que entraba a la mayoría de edad arropado por La Paternal, un barrio de clase media que no terminaba de creer que ese diamante fuera un poco suyo.

El video dura 40 segundos. Arranca con el protagonista: “Para el primer contrato que hice, el viejo (Próspero) Cónsoli me dijo que la prima iba a ser la casa para mis viejos. Tuvo la mejor idea del mundo”.

La secuencia tiene 38 años. Con un abrigo de lana y las manos juntas, el Diez luce tímido junto a una fachada de vidrio molido. Hay abrazos, una llave que gira, un picaporte que baja y una puerta que se abre. Ya dentro de la casa, besa a Doña Tota y a Don Diego, tan parecido al Diego actual. Cónsoli, presidente de Argentinos Juniors, lo saluda con una palmadita en la nuca. Los rulos negros se sacuden y el anfitrión dice algo que se perdió para siempre. Lo que permanece son los ojos húmedos, la constatación de una pobreza que ya no lo castigaría.

Ese 7 de noviembre de 1978 “la casa estaba llena y Diego me pidió que lo ayudara”, recuerda el socio vitalicio Alberto Leone (91), en el mismo living de aquel festejo. “Salen dos y entran dos”, fue la indicación. De alguna manera, los invitados anunciaban lo imprevisible del elenco que lo acompañaría toda la vida. Estaban el médico Roberto Paladino (le recetó las vitaminas que no había en Fiorito), el árbitro Guillermo Nimo (con una petaca y un caniche) y Ricardo Pellerano, el capitán del Bicho. Tronaban cumbias y el rock de Los Gatos.

Maradona vivió en la casa de Lascano 2257, a cuatro cuadras del estadio, hasta fines de 1980. Cuando la familia se fue, llegó una sucesión de ocupantes: familias del barrio, un inquilino brasileño, una fábrica de carteras. Durante dos décadas, Alberto Pérez –el secretario general del club que más tarde sería su abogado– fue recuperando adornos, muebles, vajilla y espejos relacionados al jugador. Hace ocho años concretó la compra por 100 mil dólares. “La última dueña no quería venderla porque tenía 15 hipotecas”, recuerda su hijo César en la terraza donde la familia comía asados. “Pero mi papá vio que había 13 prescriptas y quedaba una deuda ínfima. Le dijo que compraba el lugar para invertir.” Los Pérez Dursi tuvieron suerte. En este tiempo, la planta alta funcionó como depósito de puertas, camas y sillones usados por los Maradona. Lo que no estaba se reemplazó con objetos de la época o con réplicas vintage. “Reconstruimos los ambientes con fotos y movimos las piezas hasta que quedó tal cual era cuando vivían ellos”, explica César. Este año, la casa abrirá como museo.

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Los días felices. La casa funciona como un túnel del tiempo hacia los días de inocencia. Los compradores recalcan que se trata de preservar la etapa menos caótica del mejor jugador del mundo.

En el edificio abruman los recuerdos de un Diego que había llegado desde Lomas de Zamora, tras una escala breve en la casa chorizo de la calle Argerich donde conoció a Claudia Villafañe. Lo primero que se ve es el living con su piso original de pinotea. Es un ambiente amplio: los fabricantes de carteras derribaron la pared que lo separaba de la habitación donde dormían las tres hermanas menores. Hay muebles de época en tonos marrones y la copia del primer contrato, por 80 mil pesos.

A un costado, la habitación ínfima de Raúl (Lalo) y Hugo (El Turco). Bajo una vitrina, la escritura original firmada por Don Diego, “de profesión obrero”. Las hojas, termoestampadas por el artista Marcelo Chiarello, se exponen como las tablas de Moisés. Está el mueble donde la familia apoyó las copas para el brindis navideño de 1979. El Diez lo trajo de Japón, tras ganar el Mundial Juvenil.

Al fondo, la cocina: azulejos rosas, mesa original de fórmica, heladera Siam y una foto de Diego tomando mate con los padres. En el patio, una estatua en tamaño natural, más fotos (bailando tango con Doña Tota, jugando al pool con René Houseman) y el mismo modelo de la moto Zanella que manejó durante una nota con Horacio Pagani.

Una escalera lleva a su habitación, con una cama individual de madera idéntica a la que–cada tanto– compartía con Claudia. Cuando estaba solo, Diego se calzaba los auriculares para perderse en el sonido del Winco que descansa en un rincón. Como el baño estaba afuera, cortaba camino saliendo directamente por la ventana. En la terraza (ahora pintada con un gran mural que dice D10S), Lalo contaba en una entrevista, en 1979, que “cuando mi hermano sale en una revista, la voy a comprar enseguida para encarpetarla”. El Turco agregaba: “Es un fenómeno, mi mejor amigo”. Al año siguiente, desde esa misma terraza, el goleador del Metropolitano saludó a los hinchas que se acercaron a celebrar el subcampeonato.

Reinauguración. El pasado 20 de octubre se cumplieron 40 años del debut en Primera y la casa se reinauguró con otra fiesta. Estuvieron las fuerzas vivas. En la esquina, a la espera de que se aplacara la euforia, se quedaron Ana y Rita, las hermanas mayores de Diego. Cuando entraron, Ana empezó a llorar: la casa estaba como entonces. “Ni yo tengo esta foto”, dijo cuando vio un collage de la artista plástica Liliana Dursi.

Adolfo Melnik recuerda la vida por aquellos años. Otros dos hinchas históricos del Bicho, Roberto Gómez y Hugo Pérez Martín, aprueban el relato: “Diego estaba muy integrado al barrio, no se enclaustraba. Si veía que jugaban a la pelota, bajaba. También era muy pegote con la familia, protector de los hermanos. Cada tanto iba al balcón de una chica de acá a la vuelta, pero como tenía 15 años, la vieja la tiraba para adentro”.

A fines del 78, desde la selva chaqueña, llegó una delegación de chicos de la cooperativa algodonera Las Breñas, para jugar minibásquet. “Les preguntamos qué querían ver en Buenos Aires. ‘¡A Maradona!’, dijeron. Los trajimos hasta acá, salió Doña Tota: ‘El Pelusa duerme’. Le dije: ‘Estos nenes vienen del Chaco, ¿qué podemos hacer?’. Lo fue a buscar y salió: dormido, barbudo. Sacó unas fotos y empezó a autografiarlas. Tenías que ver la cara de esos chicos”, recuerda Adolfo.

Estatua. La casa está a tres cuadras de Alvarez Jonte y Linneo, donde éste año otra atracción buscará captar las miradas: la estatua de Maradona más grande del mundo, de tres metros y medio de resina, a cargo del artista Jorge Martínez. Diego será inmortalizado con la mirada concentrada, el pecho inflado y la pelota en el empeine, surcando las canchas mexicanas hacia su máxima consagración.

Fuente: Clarín