Mauricio De la Rua, el primer hombre

Mauricio De la Rua, el primer hombre

Por Javier Chiabrando. Génesis. Parafraseando La Biblia (para qué andar con chiquitas) dicen que Dios tomó la costilla fisurada de tanto trabajar de Mauricio de la Rúa, la emparchó con un pedazo de osobuco que fue todo lo que pudo pagar en el supermercado, le creó una esposa llamada Política y se la presentó al hombre diciéndole: “Esta es tu mujer, ahora hacete cargo”. Ella se sacudió el pelo y la modorra y como buena mujer comenzó a pedir explicaciones, y Mauricio de la Rúa hizo lo que todo hombre haría en su lugar haría: salió corriendo.

La expresión “cabecita negra” se relaciona con otros términos inocultablemente despreciativos con que buena parte de la clase media y las minorías encumbradas de Argentina se refieren a la clase trabajadora en general, especialmente a la peronista y a todos los pobres del país: “negro”, “negra”, “grone”, “groncho”, “negro cabeza”, “negrada”, “aluvión zoológico”, “grasa”.

Mauricio de la Rúa no habla de política, ni de partidos, ni de plan ni de proyecto. Incluso se podría pensar que no hace política, excepto los intentos de dividir al peronismo. Pero durante dos meses no se sentó a hablar con los legisladores ni con los anteriores ministros ni con las Madres ni con las Abuelas ni con los sindicatos. Es que estuvo muy ocupado devolviendo a los pobres privilegiados los derechos perdidos en la última década, derechos que habían ganado duramente apoyando genocidios y traicionando a la democracia sistemáticamente.

Lo que nadie entiende es que Mauricio de la Rúa tiene un plan secreto en su cabeza privilegiada: un nuevo Génesis. El sueña con fundar un nuevo país. El país de la alegría, sin negrada, sin bombos en la calle, sin obreros pidiendo aumento a cada rato, o sin obreros excepto los indispensables. Pero el pobre soñador no puede avanzar en su proyecto porque su esposa, Política, lo persigue por la casa pidiéndole que se siente a hablar con ella, que tiene para darle una ristra de consejos, retos y advertencias. Pero Mauricio de la Rúa actúa como esos novios timoratos que demoran el día de la “prueba de amor” por miedo a pasar un papelón.

El problema del sueño de Mauricio de la Rúa es que donde él quiere crear un nuevo mundo ya hay otro. Entonces para hacer un Génesis debe hacer primero un Apocalipsis (que comienza dividiendo al peronismo, o exterminándolo). Y entonces sí su sueño se haría realidad. Borraría todos los nombres de todas las calles y les pondría nombres nuevos: Felicidad, Alegría, Chicho Serna. Y cambiaría todos los sentidos de circulación. Borraría héroes y crearía otros nuevos: Domingo Cavallo, el Sai Baba, El Tanque Rojas. Mauricio de la Rúa entiende que es una tarea difícil (porque gil no es aunque haga giladas). Por eso se siente cansado antes de comenzar. Envidia a Dios, porque los hombres grandes se miden con otros grandes. Dios la tuvo fácil, agarró un mundo vacío, o casi, y si había un desierto ponía árboles. Donde no había comida ponía peces y animales. Donde había mujeres ponía hombres para someterlas (eso duró hasta que llegó Política, que no se calla ni con la boca cerrada).

Y para peor, como bien dice la Biblia, llegaba el momento de la desobediencia del hombre. Y este hombre que desobedece a nuestro soñador no tenía en su mente comerse una manzanita y ser expulsado del paraíso. Este se comía la manzana, después pedía trabajo, el asado barato, seguir vacacionando y cambiar el auto. Estos hombres que lo desobedecen no lo escuchan a él, sino a dirigentes que prefieren el mundo viejo. Hasta escucharían a una serpiente (o a una Yegua) si se les presentara hablando, y no precisamente de manzanas. ¿Y Política, qué será de la vida de Política? Política no le daba tregua. Lo dejó en paz en enero porque no es de mujer razonable joder a un hombre que sueña en grande. Y enero es un mes de molicie, de tirarse en la arena a construir castillitos (Mauricio de la Rúa no construye castillitos, destruye los que hacen sus vecinitos de carpa). Pero un día no aguantó más y le dijo: “No podés construir un mundo donde ya hay otro con sus reglas, con su gente”. Y él contestó: ¿No podemos hacer como cuando comprábamos una villa, echábamos a la gente y hacíamos un country?”.

Para colmo, a una buena parábola bíblica no le podían faltar Caín y Abel. Acá, Mauricio de la Rúa, harto de escuchar los gritos de su esposa, Política, se ocupó del caso con energía de líder. Agarró a los radicales y les dijo: “Ustedes son Abel, pum, están muertos”. Y se fue a dormir la siesta de los siete días en compensación a los siete días que le llevaría crear el mundo nuevo. Pero no pudo dormir porque lo despertó Política para pedirle la prueba de amor. “¡De la Rúa -le dijo (cuando está enojada lo llama por el apellido)-, es hora de que te metas en la cama y cumplas tus obligaciones con tu esposa, Política!”.

Pero él tenía la excusa ideal para dilatar el momento de la prueba de amor. Viajar a Davos donde todos comprenderían su proyecto de Génesis. Pero no fue así, más bien fue al revés. No se sabe si estaba cansado del viaje o Suiza tiene mala “vibra”. O quizá tanto que la realidad lo abrumaba y como dijo Ana Arendt de Heidegger, “iba mirando las estrellas y se cayó en un pozo” (el pozo era el nazismo), pero en Davos Mauricio de la Rúa no pegó una. Anunció inversiones viejas, le preguntaron sobre Colombia y se le cruzó en la cabeza el Patrón Bermúdez (otro nombre para una calle), le hablaron de México y le dieron ganas de bailar cumbia.

Se reunió con un inglés muy simpático (no se acuerda el nombre) que le dijo que no le iba a devolver Malvinas y él le contestó que su Génesis no incluía islas, “cada hombre es un isla, por eso en mi mundo hay sólo continentes. Las islas, el narcotráfico y las murgas están prohibidas por DNU”. A su regreso, su esposa, Política se le rió en la cara: “Y encima llevás un bono que no se lo vendés ni a los chinos, que a la Yegua (entre mujeres es un elogio) le compraban cualquier porquería”.

Pobre Mauricio de la Rúa, nadie lo entiende. Nadie entiende que un Génesis da mucho trabajo. Porque no es joda matar un país para darle nacimiento a otro. Son siete días de trabajo duro. Para colmo de males, en cada lugar donde pisó la Yegua hay que hacer un exorcismo como se hacía en el medioevo (y no es joda) cuando una mujer entraba a un convento y un monje iba detrás limpiando el piso.

El Génesis no llega porque el Apocalipsis se demora más de lo previsto. Es que “nada se pierde, todo se transforma”. Lo que demolés se transforma en escombros que no dejan circular, lo que matás se transforma en cadáver que no te dejan bailar, lo que suprimís se transforma en protesta que no te dejan dormir, lo que borrás se vuelve parte del imaginario de los habitantes de ese mundo viejo que se niega a morir. Y los plazos se acaban. Su esposa, Política, se lo dice a cada rato: “De la Rúa, se te acaban los plazos, en marzo vas a tener que lidiar con el Congreso, se te incendia el país, afuera te miran como si estuvieras loco, y para colmo llegan las paritarias”.

“¿No las habíamos prohibido?”, pregunta Mauricio de la Rúa cada vez más confundido en sus sueños de grandeza. “No, y lo sabrías si te hubieras sentado a hablar conmigo en lugar de hablar con el perro Balcarce como loco malo”, le dice su esposa, Política, práctica como toda mujer. Y Política sigue: “Porque no es política visitar y que te visiten los amigos y socios para que les rindas pleitesía. Política es sentarse con los díscolos, con los pedigüeños, con los contrincantes, con lo que tienen escrito en la frente ‘a la primera de cambio te voy a apuñalar por la espalda’”.

“Ese momento va a llegar en breve y vos durmiendo la siesta o jugando al golf. A menos que se te fisure otra costilla o te pidas otras vacaciones, se avecina el momento de mostrar muñeca para lidiar con el millar de problemas que el país tiene, y el otro millar que creaste por no escucharme. Y mientras vos pensás en crear un mundo nuevo, afuera de la choza hay un montón de hienas que te siguen y que se comen todo a su paso. Y lo que es peor, te van a sacrificar a la primera ocasión. ¿No sabés acaso que el fusible es el gerente, nunca el sistema?”.

Eso le dolió a Mauricio De La Rúa. Algunos dicen que tuvo un ataque de pánico, otros que lloró un rato y que ella le acariciaba la cabeza consolándolo. Otros aseguran que ella intentó ahorcarlo. Puras habladurías. Yo sé (porque leo la Biblia a cada rato) que ella lo trató con cariño, quizá por última vez, y le dijo: “De la Rúa, por mucho que demores el momento, un día de éstos vas a tener que dormir conmigo. Y más vale que me trates bien y que me hagas feliz y me dejes satisfecha, porque si no, no habrá Dios que te salve”. Amén.

javierchiabrando@hotmail.com

Fuente: Página 12

Fuente ContraInfo