La conmoción ocurrió a principios de la década de los ’90 con la implosión de la Unión Soviética, produjo que el conjunto de paradigmas que configuraban gran parte de nuestras construcciones y lecturas interpretativas del mundo, con su armazón de conceptos, lecturas, lugares de expresión fueron anulados y ocultados en el al cajón de los recuerdos.
 Si había un conjunto de lecturas articuladas sobre la división entre culturas de izquierdas y derechas fue suplantada por el discurso hegemónico del triunfo del capitalismo existente en su fase neoliberal, ahora se anunciaba el fin de la historia, el fin de los conflictos, lo cual el argumento central  en su versión de Fukuyama, era la cancelación de la dialéctica del devenir de la historia, del conflicto como constitutivo del desarrollo de la misma, el paradigma post-moderno del fin de los metarelatos, sirvió como fundamento ultimo de la argumentación.
    Nicolás Casullo, en Las Cuestiones escribía:
  “Se resquebrajó una arquitectura del lenguaje revolucionario para no volver a recomponerse como pensamiento de avanzada. Con la oxidación de la palabra revolución, obrera y campesina, crujieron banderas como las de emancipación social, el gobierno de los pueblos, los Estados socialistas, las luchas de clases, del sindicalismo revolucionario, que hoy han desaparecido de las llamadas centroizquierdas de masas quedaron extirpadas del protagonismo y de la centralidad que tenían en el corazón de las sociedades primeras y terceras, desarrolladas y coloniales.”
  Ante el fin de la diada constitutiva de gran parte de la modernidad, se la intento remplazar por la idea de la construcción de una sociedad basada en consensos, con particulares similitudes a la idea de contratos mercantiles, es decir, era el hecho de subordinación de lo político a lo económico, tanto a nivel de ideas como formas de constitución de sociedades desiguales, fin no solo de los valores que configuraban el ideal del socialismo, como teoría emancipadora, sino también de los puntos fuertes del liberalismo político, fundantes de valores como igualdad, libertad y fraternidad, ahora el mercado colocaba sobre la sociedad los valores propios del mismo en su versión liberal económica: competencia, individualismo, triunfo del más fuerte.
Con el desarrollo de la etapa neoliberal, Norbertto Bobbio escribía un texto Derecha e Izquierda, donde planteaba la necesidad de mantener la diada izquierda y derecha viva, y pensar sobre que conjuntos de valores deben ser la encarnación de ese algo que constituyente la construcción de una cultura de izquierda y una derecha, por lo cual, el autor planteaba como eje central de diferenciación, la distinción que ambas tienen respecto a la idea de igualdad, ya que las mismas propuestas teórico-políticas son programas contrapuestos respecto a problemáticas cuya única solución es la acción política.
  Según el politólogo italiano, el concepto de igualdad es relativo, teniendo en cuenta tres criterios esenciales: a) los sujetos entre los cuales nos proponemos repartir bienes o los gravámenes, b) los bienes o los gravámenes que repartir y c) el criterio por el cual repartirlos. Como se ve los criterios para plantearse el problema de la igualdad, tienen como eje las desiguales sociales, que los mismos individuos y sectores sociales tienen a crear y fomentar. Lo igualitario, según el autor, parte de la convicción que la mayor parte de las desigualdades que lo indignan y querría hacer desaparecer son sociales, y como tales, son eliminables; lo no igualitario, en cambio, parte de la convicción opuesta, que son naturales, y por lo tanto, inelininables.
 Igualitario es quien tiende a atenuar las diferencias, no igualitario, quien tiende a reforzarlas.
 Hoy nuevamente, a partir de los procesos constitutivos a principios del siglo XXI a nivel continental, y en nuestro país en particular, surge con fuerza el debate sobre las izquierdas y las derechas, lo que nos lleva a preguntarnos ¿que permitió la re-apertura de este debate?, aquí es necesario pensar la irrupción del kirchnerismo en el sistema político nacional, que se constituye, siguiendo a Ranciere, en el momento político clave de nuestra historia reciente, según el autor, un momento político es aquel donde la temporalidad de los consensos constitutivos de la vida política es interrumpida, es política, porque las maneras de describir las situaciones se oponen, y luchan por las interpretaciones sobre los acontecimientos, en esta oposición al consenso previo se re-actualiza la imaginación de la comunidad entera, es un desgarro, una posibilidad de mundo, el desarme del monopolio de la palabra legitimante, es apertura de la posibilidades de la palabra, ampliando el espacio de la opinión y el disenso.
 Rupturas, acontecimientos inesperados, de nuevo el conjunto de tradiciones y experiencias históricas emancipatorias vuelven a ser pensadas, significadas, la acción política vuelve a ser pensada como una obra abierta, lo político aparece como una ruptura del conjunto de significados, de repente, los diccionarios y las enciclopedias entraban en el espacio del debate democrático, un momento político, que ponía en tensiones el orden de las sensibilidades, el lugar de los sujetos, de las palabras, de lo visible e invisible, el orden de una comunidad política nacida durante el periodo neoliberal, aparente de una homogeneidad, entraba en crisis, en cuestión en tensión.
   También este proceso de ordenamiento y tensiones afecta a la pregunta sobre la pregunta sobre que es la izquierda, que tradiciones la componen, que mecanismos de intervención se producen, que subjetividades políticas son componentes de la misma, es decir se produce nuevamente la interrogación sobre lo fundante de ese entramado político.
   De repente, las tradiciones populares latinoamericanas propusieron nuevamente ampliar el espacio del debate, ya que en los mismos, no solo es un ejercicio meramente intelectual, abstracto, sino que en el mismo, nos enfrentamos a un conjunto de respuestas que guían la acción política, y los horizontes de expectativas sobre el devenir de los heterogéneos, pero hermanados proyectos latinoamericanos.
Como dijimos con anterioridad la implosión de la Unión Soviética, el paradigma hegemónico que configuraba gran parte de las lecturas del entramado de las izquierdas fue puesto en cuestión y se intento mandarlo al cajón de los recuerdos, donde el margen más cercano de la crítica era pensarse desde la categoría insípida de un ser progresista, donde la pregunta central era como lograr una institucionalidad no corrupta sin poner en tensión la pregunta sobre lo social, lo central era la idea del fin de la historia, la cancelación de la dialéctica del devenir de la historia, del conflicto como constitutivo del desarrollo de la historia, el paradigma post-moderno del fin de los meta-relatos, sirvió como fundamento ultimo de la argumentación.
 El kirchnerismo produjo una ruptura del consenso societal entorno a los valores constituyentes del neoliberalismo, aplicando una política de intervención sobre espacios de la sociedad, permitiendo que las palabras, sean recuperadas en la configuración de nuevas legitimidades que disputan la interpretación por lo político, poniendo en la mesa de la discusión los valores sobre lo igualitario en una sociedad destruida por lo desigualitario del periodo neoliberal, puso en acción los principios esenciales sobre las preguntas formuladas por Bobbio respecto a que conforma el momento igualitario de la acción política, por eso es central, que el pensar la igualdad como punto de partidas de los proyectos políticos de los movimientos políticos del siglo XXI.

Fuente Diego Burd