Las pocas semanas que lleva Macri en el gobierno dejaron en claro -por si a alguno le quedaban dudas- que las promesas de “unir a los argentinos”, “cerrar la grieta” y “marchar hacia un país donde nadie sea perseguido por pensar distinto” fueron simplemente basura duranbarbista para cazar incautos electorales; si es que tal especie no se ha extinguido ya.

El caso de Milagro Sala y su detención en Jujuy por pedido (¿orden?) del gobierno del impresentable Gerardo Morales por “tumulto” (es decir, por protestar) se inscribe claramente en un espeso clima de revancha social y de clase que se vive en el país; como consecuencia de un combo que conjuga métodos propios de las dictaduras, con los peores recuerdos de nuestros gobiernos democráticos. 

Por ahí anda el “milico” Aguad patoteando con escuadrones policiales en el AFSCA, poniendo a la fuerza pública a desoír las resoluciones de la justicia en defensa de los intereses económicos de un grupo empresario; y su correligionario Morales dejando en claro cuáles son sus prioridades de gobierno, y quiénes sus enemigos: los pobres y morochos, y si están organizados y protestan, peor.

Nos muestra así la UCR la razón por la que es en vano seguir esperando que hagan una autocrítica pública por el gobierno de De La Rúa, que abrió su gestión con los muertos en el puente Resistencia-Corrientes, y la cerró con los de la Plaza de Mayo en medio del estado de sitio: no han hecho ni harán acto de contricción alguno, porque no creen tener nada de que arrepentirse; a tal punto que apenas pudieron y tuvieron el poder necesario, lo volvieron a hacer.

Ahí andan también los gobiernos de Macri y Vidal, baleando por la espalda a trabajadores que protestan porque perdieron sus empleos como en Cresta Roja y la municipalidad de La Plata; mientras el ministro Prat Gay -con el desdén típico de su clase- amenaza a los trabajadores que reclamen mayores aumentos en las paritarias con la pérdida de sus empleos, y desdeña a la militancia al calificarla como “grasa” sobrante, que hay que extirpar. 

Mientras tanto y como en las dictaduras, el Congreso permanece cerrado, hay miles de estatales despedidos por lo que piensan u obligados a mostrar sus cuentas en las redes sociales a los censores del pensamiento político; mientras la policía filma las manifestaciones y marchas de protesta, y la justicia convalida la obligación de andar con DNI por la calle, como en tiempos de los Falcon verde. 

Como en los tiempos del menemato y del “ramal que para, ramal que cierra”, un funcionario mediocre con aire de Nosferatu decide -con el aval presidencial, por supuesto- que una aerolínea deje de funcionar, y 300 familias se queden sin su fuente de ingresos; preparando acaso el terreno para la privatización progresiva de la propia aerolínea de bandera.

Los mandarines de la cultura gorila -como Lombardi o Avelluto- tienen manos libres para desplegar su furor revanchista, y así los nuevos billetes, el cierre del Centro Cultural Kirchner y la escrupulosa limpieza de los medios públicos (y algunos privados) de toda voz disidente son un pobre remedio del Decreto 4161/56 de Aramburu, y de la desaparición del cadáver de Evita.

Todo en medio de los aplausos en las redes sociales y las ediciones digitales de los diarios y portales de noticias de una platea que festeja alborozada despidos, censuras y apaleos: los que nos reclaman comprensión de las razones del votante promedio de Cambiemos, y apertura para captar su voluntad, sepan disculpar. Hoy no muchachos, ahora no, no hay ánimo para eso.

Apelan a todas las formas (brutales y sutiles) de represión y reconstrucción de la memoria colectiva porque nos quieren amedrentados, temerosos y a la defensiva; desorientados y sin capacidad de respuesta. Sin organizarnos, sin protestar ni reclamar, ni por el empleo ni por el salario, ni por los derechos conquistados o las libertades perdidas.

Quieren las manos libres para volver a rifar el país, y para lograrlo no vacilan en atizar las peores pulsiones sociales de revancha y odio, ellos que venían a protagonizar la “revolución de la alegría”.

Leyeron un triunfo electoral como un golpe de Estado (cuestión de costumbre, debe ser), y un cambio de gobierno, como una revancha de clase. 

Y están hinchando así la tormenta sobre sus propias cabezas, tormenta de cuyas consecuencias -siempre tristes, siempre trágicas- se desentenderán luego; porque es sabido que ellos nunca tienen nada que ver. 

Ahí andan todavía De La Rúa, Mathov y los demás funcionarios de la Alianza zafando de toda responsabilidad por los muertos del 2001. Son expertos en tirar la piedra, y esconder la mano.

Fuente: NestorNautas