El descompuesto enojo de Macri en Davos ante la pregunta del periodista Alejandro Bercovich sobre la situación de Milagro Sala (de la respuesta presidencial, mejor ni hablemos) nos mostraba a alguien desencajado por no poder lidiar con lo inesperado; y para peor en el escenario en el que pensaba lucirse. Como si lo hubieran desconectado de golpe de la placentera vista que le proporcionaba el casco de realidad virtual que probó en la cumbre.

A pocas horas de haber asumido el gobierno y pese a contar con la total benevolencia del sistema de medios hegemónicos y gozar de la “luna de miel” que todo nuevo gobierno tiene con la sociedad (incluso los que no lo votaron, o parte de ellos), Macri y su administración se lanzaron a una sistemática cacería de toda voz disidente del nuevo “relato” oficial: el caso de Víctor Hugo Morales fue el más sonoro, pero no el único; comenzando por la prolija “purga” que ejecuta el comisario Lombardi en los medios públicos.

En paralelo se despliegan -una tras otra- sistemáticas cortinas de humo que tienen por objeto desviar la atención ciudadana de las cuestiones más urticantes (fundamentalmente las vinculadas a la economía) la persecución a Milagro Sala, la reactivación del caso Nisman, el intento de instalar una “mani pulitte” comprada en La Salada para arredrar a los dirigentes y ex funcionarios del kirchnerismo, o la provocación constante (como el sainete de los despachos del Congreso) para tratar de lograr la reacción destemplada del kirchnerismo, al que eligieron como oposición: oposición que pretende sea la única, y quede reducida a la testimonialidad; separado su núcleo duro del peronismo con responsabilidades institucionales en el Congreso, las provincias y los municipios.

Claro que para eso no hay que menospreciar el aporte que hacen otros sectores formalmente opositores, como Margarita Stolbizer o el socialismo (presto a olvidarse de los sablazos recibidos por la captura de los prófugos del triple crimen); y ni hablemos de Massa, virtualmente integrado si no a las decisiones del gobierno, al dispositivo político que lo sustenta; como él mismo se ha encargado de reafirmarlo teatralmente yendo a Davos.

Las operaciones diarias se superponen con una vergonzosa banalización de la agenda hasta de los medios considerados tradicionalmente “serios” (como La Nación), que discurren sobre las aventuras del perro presidencial, la popularidad del presidente en las redes sociales o el dibujo de la ballena en el nuevo billete de 200 pesos.

A muchos puede sorprender el espesor del cerco mediático tendido en torno a los aspectos más ríspidos de las medidas de gobierno que va tomando Macri y sus efectos concretos; pero hay que ver que además de los previstos y que son desagradables (empequeñeciendo a cada paso lo que desde “Cambiemos” se señaló como “campaña del miedo” en la etapa electoral), están aquéllos que el gobierno no previó, o en todo caso subestimó.

Empezando por el comportamiento de los mercados, que no parecen haber registrado la llegada de la revolución de la alegría (caen la Bolsa, las acciones de su panel y los títulos públicos), la economía no da casi ninguna señal tranquilizadora para el gobierno, salvo el dólar relativamente quieto; sin que se sepa a ciencia cierta por cuanto tiempo.

La recesión ya está instalada entre nosotros (con la peor temporada veraniega y de venta de automotores en más de una década), y todo indica que se profundizará como consecuencia del plan económico en marcha; y la inflación (en especial en alimentos, bebida y artículos de primera necesidad) está muy lejos de aminorar como plantea el discurso oficial; que ya comienza a negarla o subestimarla como una “percepción” social que no se corresponde con la realidad. Debería bastarle a Macri y su gobierno la experiencia de los costos que pagó el kirchnerismo en ese sentido, para no repetir el error.

La ola de despidos que arrancó en el sector público ya se está empezando a replicar en el privado, y el gobierno no podrá aplicar en todos los casos la doctrina Cresta Roja, achacándole la culpa al kirchnerismo y sus errores en el gobierno: los miles de puestos de trabajo que corren serio riesgo en la industria petrolera en el sur del país solo podrán salvarse si Macri y Aranguren persisten en la política contracíclica del gobierno de Cristina, no si la abandonan como amenazaron.

Y otros despidos que se están empezando a dar en el sector privado son consecuencia directa e inmediata de las medidas que tomó Macri desde su gobierno: tales los casos de los empleados de Depor TV o la Aerolínea Sol, o acá en Santa Fe los despedidos de la curtiembre Sadesa, que abastecía a una industria del calzado que está empezando a sentir los efectos de la merma en el consumo, y la apertura de las importaciones. 

Medidas largamente prometidas como la eliminación de las retenciones a los productos de las economías regionales y a los cultivos alternativos a la soja no están produciendo el efecto deseado (si es que lo era) de recomponer los ingresos de los productores, afectando así a buena parte de los votantes de Macri y sumando tensiones a la puja por el valor del dólar.

Superar las dificultades (fruto de las distorsiones que existen en las cadenas de producción y comercialización) requieren sintonía fina, y una convicción sobre la necesidad de regulaciones estatales que no dejen todo librado a las fuerzas del mercado; convicción que está ausente del gobierno, sus hombres y su programa, e incluso de buena parte de los interesados y afectados por la situación.

El esquema de metas de inflación y equilibrio fiscal planteado por Prat Gay y Stuzenegger no cierra sin un mega ajuste (no alcanza con la cacería de supuestos ñoquis), y acaso por eso se demoren los anuncios concretos sobre aumentos de tarifas. Aun así y aunque no se diga ni lo cuenten los medios, las metas enunciadas suponen necesariamente planchar sueldos y jubilaciones (ver acá la nota al respecto de Artana en Ambito de ayer); de lo contrario son inalcanzables. 

Conviene recordar al respecto que el aumento a los jubilados anticipado para marzo es arrastre de los números de Cristina; tanto por la evolución de la paritaria del año pasado en el segundo semestre, como por las cifras de la recaudación de la seguridad social, en buena parte no afectada aun por los fallos de la Corte en los reclamos de algunas provincias.

El dólar permanece relativamente quieto pero el panorama no le permite al Banco Central planchar las tasas o reducirlas; con lo que ganan los bancos pero pierde la actividad económica en su conjunto; mientras los exportadores liquidan divisas muy por debajo de los niveles comprometidos al levantarse el “cepo” (ya no están además obligados por plazo alguno para hacerlo, por decisión del propio gobierno), pero la demanda está deprimida: los importadores sienten la recesión (caso típico las automotrices), las multinacionales esperan el prometido bono que las compense por haberse quedado con abundantes ganancias en pesos sin dolarizar, y  los ahorristas van a las tasas, o postergan decisiones de inversión porque se les achicó el margen de maniobra, y hay incertidumbre sobre el futuro.

Las consecuencias concretas de la vuelta a Davos eran conocidas desde antes: la vuelta al FMI y al círculo vicioso del endeudamiento con la banca privada internacional; y también antes de Davos ya estaba montado el escenario para que los capitales golondrina vengan al país; del que en cualquier momento pueden irse (liberados por el propio gobierno del encaje y de toda restricción), derrumbando uno de los pilares que sostiene la precaria estabiidad cambiaria.

El panorama mundial es complejo por donde se lo mire, y hasta los propios pronósticos del FMI son sombríos, mientras que el programa económico -con enormes dudas sobre la consistencia de sus metas- tampoco da señales respecto a cual será el “motor” del despegue: hasta el aporte a esos fines del propio “campo” está en entredicho, por la baja sistemática de los precios internacionales, y la previsible menor demanda de nuestros principales mercados.

El desempleo por un lado es funcional (imprescindible casi) para el esquema económico planteado que apunta a resignar salario y demanda para “enfriar” la economía, pero por el otro no distinguen entre trabajadores formales o informales, excluidos o no del pago de Ganancias. Por ende, puede terminar generando solidaridades allí donde las situaciones disímiles generaron hasta acá diferentes comportamientos políticos y electorales. 

Del mismo modo que hay que estar atentos a lo que pasa con la economía, hay que tener los ojos puestos en la política: en algún momento el Congreso deberá volver a sesionar, y más adelante aun las autoridades de ambas cámaras (que hoy atropellan todo a su paso) deberán ser reelectas en sus cargos. Hasta acá el marismo no ha hecho muchos méritos como para que el FPV respete por gentileza las tradiciones parlamentarias respecto a los cargos colocados en la línea de sucesión presidencial. 

El decretazo que más que duplicó la coparticipación a la CABA no debe ser formalmente discutido en el Congreso, pero el DNU que anteriormente dejó al conjunto de las provincias sin el reintegro de los fondos antes destinados a la ANSES sí, y le han granjeado a Macri el malestar de los gobernadores; que hasta acá no figuraban entre los opositores más frontales a su gobierno.

En idéntico sentido tampoco debería abusar el gobierno de la docilidad de buena parte de la dirigencia sindical a cambio de promesas sobre los fondos de las obras sociales, porque su legitimidad depende de que no se alejen demasiado de los reclamos de las bases; en un contexto en el que los niveles de salarios y empleo han sido declarados -de un modo poco menos que explícitos- obstáculos para el logro de los objetivos macroeconómicos de la nueva gestión. 

Temas todo ellos que mayoritariamente no están en la agenda de la  realidad virtual que los medios hegemónicos construyen funcionalmente para el gobierno; pero que no por eso son menos reales, ni despejan los interrogantes sobre las espaldas políticas y sociales de Macri y su administración para aguantar los chicotazos cuando el clima se termine de espesar.

No sea cosa que -como en el cuento famoso del rey- una vez que alguien rompió el pacto de silencio y señaló que estaba desnudo, de golpe todos se dieron cuenta y estalló el escándalo.

Fuente NestorNautas