Por Ramiro Varela

En 1990 yo tenía doce años y, a través del hermano mayor de un amigo, llegó a mis manos un cassette titulado Un baión para un ojo idiota. Me llamó mucho la atención. No dejaba de escucharlo. Lo ponía en el radiograbador de casa. Lo ponía en el walkman cuando iba en el auto de mi viejo. Lo rebobinaba una y mil veces con una Bic. La realidad era que no entendía absolutamente nada de lo que decía el tipo que cantaba. Pero no me importaba. Me había partido la cabeza en dos. Ese fue mi primer contacto con Los Redondos y ya nada volvería a ser igual.

Arrancaba la segunda década infame que, producto de la burbuja cambiaria menemista y de la gigantesca industria de la diversión montada por Daniel Grinbank sobre la estructura de la vieja Rock and Pop, nos permitiría alternar con relativa facilidad entre los antros del under -como Cemento o Die Schule, ambos de Omar Chabán- y los grandes estadios de fútbol para escuchar a las bandas más importantes de la escena mainstream internacional. En el medio de todo eso, explotaba ese fenómeno cultural que tenía una genuina raigambre subterránea, que había hecho del silenzo stampa su mejor estrategia de marketing y que, en la interacción con el público en sus presentaciones en vivo, reponía ciertos componentes rituales propios del discurso religioso.

Esa explosión fue la causal del salto de la banda a esos mismos estadios que hasta ese momento, salvo contadas excepciones como el regreso de Serú Girán en River Plate en el ‘92, parecían estar reservados exclusivamente a las grandes bandas extranjeras. Es que los escenarios intermedios ya resultaban insuficientes para contener a esa gran masa de público que iba creciendo de manera exponencial, alimentando el fenómeno hasta transformarlo en un verdadero mito. Lo cierto es que cuando la banda se presentaba en un recital, ninguno de sus seguidores se lo quería perder. La gente se agolpaba en las inmediaciones, tuviera o no su ticket para ingresar.

Con la muerte de Walter Bulacio a manos de la policía aún a flor de piel, en los grandes escenarios los enfrentamientos entre los uniformados y el público también se tornaron más crudos. Como en los shows de Huracán (1994), Racing (1998) y River (2001), donde la montada arremetía con sus caballos sobre la enorme cantidad de personas que formaban fila para ingresar. En Núñez, además, la primera fecha tuvo que terminar con las luces encendidas porque uno de los asistentes comenzó a repartir puntazos con un cuchillo Tramontina.

En 1997 -en una primera triste coincidencia- el por entonces intendente Eseverri no les permitió a Los Redondos presentarse en la ciudad de Olavarría. Otro de los puntos álgidos fue, sin dudas, el recital en el Patinódromo de Mar del Plata en 1999. Aún tengo presentes las imágenes de los alrededores del predio: la policía arrojando gases lacrimógenos y disparando balas de goma a mansalva y los refugios de las paradas de colectivos destrozados e incendiados. Ese día yo pude ingresar al recital, pero varios de mis amigos se quedaron afuera con la entrada en la mano.

Luego de los shows del Centenario de Montevideo y del Chateau Carreras en 2001 -ambos sin grandes disturbios, aunque en Córdoba un espectador murió al caer accidentalmente desde la platea al foso- llegó la disolución de Los Redondos. Se terminaba toda una era del rock nacional. El mito había cobrado dimensiones insospechadas y resultaba cada vez más difícil de sostener por parte de la banda.

A partir de allí y fundamentalmente desde 2005, cuando lanzó su carrera solista, el mito quedó proyectado casi exclusivamente sobre la figura de Solari. Los atributos de ese personaje, críptico y fascinante, hacían que ese desenlace fuera tan previsible como inevitable. En alguna medida, el fervor por la banda devino en una suerte de culto a la persona del frontman, donde el componente místico creció aún más. Las nuevas “misas” comenzaron a ser cada vez más multitudinarias. Pero si una banda no había podido sostener el mito, ¿podía una sola persona por sí sola cargar con todo?

La propuesta musical de los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, cierto distanciamiento con la figura del artista y el paso (o el peso) de los propios años, hicieron que personalmente me alejara de los recitales del Indio luego de aquel de Tandil en 2008, momento en el que la discusión alrededor de la 125 mantenía en vilo a todo el país. Recuerdo que esa noche me fui muy disconforme, el sonido había sido realmente malo en un lugar totalmente abierto y sin nada de acústica. El egreso del público también había sido sumamente desordenado e incómodo.

Luego de casi una década, decidí volver la noche del sábado último en Olavarría. La enfermedad del Indio hacía crecer la sospecha de que el de La Colmena podía ser su último show. Muchos viajamos hacia allá asistidos por esa impresión. Yo no quería dejar de escuchar en vivo los temas de Los Redondos al menos una vez más. Viajamos con un grupo de amigos y compañeros. Llegamos el viernes por la noche y paramos en Azul, a una distancia de 50 km, para estar más tranquilos.

Pasado el mediodía del sábado, salimos para Olavarría. Tardamos aproximadamente dos horas en llegar. La cantidad de vehículos que iban por la ruta y de gente a pie por toda la ciudad era impactante. La cola para comprar los tickets en boletería era de aproximadamente 500 metros y avanzaba a paso de tortuga. Los puestos de comida y bebida improvisados en las inmediaciones ofrecían cinco latas de cerveza de medio litro a la módica suma de $100. Una verdadera ganga. Casi todas las personas que transitaban por allí tenían una bebida alcohólica en la mano.

Poco antes de las 20 emprendimos el tramo final para llegar al predio. Recorrimos aproximadamente cinco kilómetros a pie siguiendo la marea de gente. No había ningún tipo de señalización que indicara cómo llegar. Tuvimos que pasar sobre varios alambrados, algunos de los cuales ya habían sido derribados. Casi llegando, la gente comenzó a subirse a una loma para tratar de cortar camino. En el intento, algunos se caían torpemente y rodaban hasta abajo, provocando las risotadas de los que por allí pasaban.

Finalmente, llegamos hasta los accesos. La gente comenzó a acelerar la marcha para entrar. Allí nos esperaban un puñado de empleados de prevención que lo único que atinaban a decir era “Tranquilos que van a entrar todos”. Una vez más, muchísima gente no tenía ticket de ingreso. Ya lo había dicho el propio Solari en diálogo con Mario Pergolini en el documental Tsunami: “Mi público no entendió nunca. Te da miedo porque el sold out para mi público no existe”.

Una vez adentro, pudimos apreciar los quince mangrullos distribuidos por todo el lugar. Logramos acomodarnos frente al número 11. Durante el tiempo que esperamos, en ningún momento se comunicó por las pantallas el plan de evacuación para desconcentrar. El acceso a los baños era sumamente dificultoso. Sobre las 22 se apagaron las luces, los músicos salieron a escena y el show tuvo un comienzo demoledor con Barbazul versus el amor letal. La calidad del sonido y la puesta en escena eran verdaderamente imponentes.

Luego llegó el turno de Porco Rex y Arca Monster y a continuación, otras dos bombas ricoteras: Ropa Sucia y Héroe del Whisky. Entre medio, se produjo la primera interrupción, de aproximadamente 20 minutos. A Solari se lo notaba nervioso y preocupado por lo que sucedía detrás de las vallas de contención. Solicitó de manera inmediata la presencia de la seguridad y de Defensa Civil y pidió en reiteradas oportunidades que la gente se corriera hacia atrás para que puedan sacar a quienes estaban siendo aplastados, aparentemente intoxicados e imposibilitados de mantenerse en pie por sus propios medios. De cara al público expresó: “Gracias a Dios y desgraciadamente, éste es un show que convoca a muchísima gente. Quedamos en que nos íbamos a cuidar”.

A partir de allí, el clima se enrareció por completo. Quienes integrábamos el grupo apostado sobre el mangrullo 11 comenzamos a sospechar que algo verdaderamente serio estaba ocurriendo adelante. Todo era confusión.

Para calmar los ánimos, el Indio decidió tocar otro clásico de Los Redondos pero de baja intensidad: Etiqueta Negra. Pero, al finalizar el tema, se produjo una nueva interrupción, de otros 20 minutos. En ese momento, el Indio deslizó que ése podría ser el capítulo final de la historia. Palabras más, palabras menos, expresó: “Me parece que esto se va a terminar. Después no vengan con banderazos ni cosas por el estilo”. A los pocos instantes, apareció en el escenario un integrante de la productora, visiblemente alterado y pidiendo al público de adelante que se corrieran “dos metros hacia atrás”.

El show se reanudó con Babas del Diablo. Más tarde llegaría el turno de otra tríada de la factoría Solari-Beilinson: Las increíbles andanzas del Capitán Buscapina en Cybersiberia, Esa estrella era mi lujo y Todo preso es político, tema cuya elección no parece haber sido para nada casual y que sonó como una referencia implícita a la situación que vive Milagro Sala en el penal de Alto Comedero, en la misma semana que el Indio había suscripto, junto a otros artistas e intelectuales, una solicitada “en defensa de la democracia y el bienestar del pueblo argentino”.

Solari aprovechó el concierto para “bajar línea” sobre otras dos cuestiones. Instó a quienes tienen alrededor de 40 años y tienen dudas sobre su identidad a que se acerquen a Abuelas de Plaza de Mayo. También hizo referencia al proyecto oficialista de bajar la edad de imputabilidad de los menores. Allí sostuvo que “los muchachos no nacen malos” a la vez que expresó que “el Estado no puede ser penal antes que social”. El público respondió con un cerrado aplauso.

El último “gesto político” del recital tuvo que ver con la elección del tema que sonó antes del clásico cierre con Ji Ji Ji, esta vez sorpresivamente enganchado con Mi perro dinamita. Se trató, ni más ni menos, que de Nuestro amo juega al esclavo, detalle para nada menor si se tiene en cuenta la coyuntura política actual, marcada por una creciente criminalización de la protesta social. Solari estaba dejando bien en claro “de qué lado de la mecha” se encuentra y eso no es gratis.

Más allá de lo accidentado del show y de las distintas interrupciones, nuestro grupo la pasó realmente bien. Una vez terminado el recital, la desconcentración se tornó caótica debido a que la única salida era por donde el público había ingresado. Es decir, por el acceso ubicado en la parte posterior del predio. Pese a ello, la mayor parte nos mantuvimos agrupados y pudimos reunirnos con los rezagados en el punto de encuentro acordado para emprender el regreso todos juntos.

Hasta allí no sabíamos absolutamente nada de lo que había ocurrido. Una vez en los autos y recuperada la señal del celular, comenzó la catarata de mensajes de familiares, amigos y compañeros, preguntándonos si nos encontrábamos bien. También comenzó a rodar la gran bola de rumores y desinformación, que por momentos arrojaba cifras delirantes. De esa vorágine demencial también formó parte la agencia de noticias estatal Télam, que no mandó cronistas a cubrir el show y -en base a lo que se decía en la red social Twitter- publicó que la cantidad de fallecidos ascendía a siete.

Tardamos cuatro horas en regresar a Azul. Con el correr del tiempo, la información comenzó a ordenarse y se confirmó la triste noticia de que eran dos las personas fallecidas, luego identificadas como Javier León y Juan Francisco Bulacio. Aquí nos topamos con la segunda triste -y escalofriante- coincidencia. Según las autopsias, León falleció por trombosis cardiopulmonar y Bulacio por paro cardiorespiratorio traumático. Ninguno de los dos presentaba señales de aplastamiento.

Si bien es cierto que la producción del evento tuvo serias fallas de organización y logística, la ausencia del Estado -tanto provincial como municipal- fue notoria. El intendente Galli, aquel que cerró su campaña electoral con una caravana que incluía un Falcon verde y que en la semana previa se jactó de estar planificando todo lo referido al recital con ¡voluntarios!, salió enseguida a despegarse de lo ocurrido: “Yo no asumo la responsabilidad, la responsabilidad es de la productora que nos mintió considerablemente durante los días previos al show”. Lo propio hizo el ministro de Seguridad bonaerense, Cristian Ritondo, quien responsabilizó a Galli: “las que habilitan los eventos masivos son las intendencias”. Todos apresurados por sacarse el problema de encima y pasárselo a otro.

En medio del caos generalizado, la única medida por parte del Municipio fue apurar la salida de la ciudad de quienes se encontraban varados o perdidos, amontonándolos en camiones remolcadores como si se trataran de cabezas de ganado. Los únicos que intentaron ayudar de manera genuina y solidaria fueron los vecinos de la zona.

Sin dudas, el balance final es de una profunda tristeza. Las responsabilidades no son patrimonio exclusivo de nadie. Existe la responsabilidad política, plasmada en la desidia del Estado. Existe la responsabilidad de la productora, que no supo tomar los recaudos necesarios. Y existe también la responsabilidad de gran parte del público, que no colabora en lo más mínimo para que un evento de tamaña escala se desarrolle en un clima de mediana tranquilidad.

Lo que queda en claro, explicitado además en boca del propio Solari, es que en cada recital se genera una situación prácticamente imposible de manejar. ¿Cómo hacerlo si a un evento programado para 150.000 personas asisten 300.000? Si se tiene la certeza de que muchísimas personas se acercarán al lugar con o sin entrada y se liberan los accesos para evitar disturbios ¿cómo se garantiza la integridad física del total de la concurrencia? Si se hubieran programado varias presentaciones, ¿cómo asegurar que las mismas personas no intenten asistir a todas las fechas? Nadie parece tener respuestas claras para estos interrogantes.

Una primera y apresurada conclusión parece ser que, si una banda como Los Redondos no podía ya cargar con todo lo que había generado a su alrededor, mucho menos puede hacerlo ahora sobre sus espaldas un solo individuo, por mucho que se lo magnifique, que además está lidiando con una cruel enfermedad. Todo parece indicar que éste fue el último show del Indio. De ser así, estaríamos frente a la triste paradoja de un artista que logra convocar a cientos de miles de seguidores pero que -al menos en vivo y en directo- ya no podrá ser.